|
|
||
|
||
|
Música |
||
|
1 |
||
|
V.J.M.J. y Ch. |
||
|
Rev. Rafael de los Reyes |
||
|
LA MANSEDUMBRE (por el Reverendo Rafael de los Reyes)
Introducción Hay una palabra en hebreo que tiene doble
traducción al griego y otra palabra griega que tiene una doble traducción al
castellano. La palabra hebrea significaba originalmente algo similar a clase
baja, o a estar en desventaja. O sea, algo semejante a bajeza de nacimiento u
otra condición de vida. Y solo en sentido secundario se refiere esta palabra a
un atributo del carácter de la persona. La palabra entonces se refiere en alguna
forma, en este segundo sentido, a un comportarse como alguien que ocupa una
posición inferior. Las dos traducciones que tenemos al castellano son la palabra
humildad o bajeza, y ésta enfatiza la disposición mental de ser humilde, y la
otra es mansedumbre. Ambas están muy ligadas. Son casi la misma cosa. Se
refieren a aspectos diferentes de los que es básicamente una misma realidad. Ser humilde no es sentirse menos o inferior,
sino es una actitud de servir aún en aquello que nos parece que nos rebaja.
Decía el Señor: "Si, yo soy Maestro, pero les lavo los
pies." En Mateo 11 Cristo nos dice en los versículos 29
y 30: "Acepten el yugo que les pongo, y aprendían de mí, que soy manso y
humilde de corazón; así encontrarán descanso. Porque el yugo que les pongo es
suave y mi carga es ligera". El Señor nos dice ambas cosas, la humildad y la
mansedumbre son cosas que El es. Son dos características suyas. ¿Qué es la
mansedumbre? Cuando oímos la palabra
mansedumbre, en lo que
generalmente se piensa es en algo así como flojo, suave o débil. Cuando se
piensa en una persona mansa, se piensa en una persona a quien se puede manipular. Alguien que va donde se le
lleve. Así es como piensa el mundo de la mansedumbre. Cuando examinamos las diferentes alternativas
tales como: ternura, cortesía, respeto y sumisión, vemos que muchas de estas
palabras forman parte del contenido, del sentido total de la palabra mansedumbre, o están relacionadas con ella, pero todavía no hemos dado con la
definición correcta. Mansedumbre es la cualidad de alguien que se
enfrenta a las situaciones de la vida, de la manera en que lo haría un siervo,
un sirviente. Y recordemos que un sirviente es alguien que está en una posición
inferior con respecto de los demás. La mayoría de nosotros quizás no
escogeríamos ser sirvientes. Escogeríamos ser alguna otra cosa, pero mansedumbre
es la cualidad de actuar como lo haría un sirviente. Las Escrituras nos dicen que la
mansedumbre,
primero que nada, es ser respetuoso. Hay un pasaje en el capítulo 4 de
Eclesiástico, versículo 8, que nos dice: "Escucha con atención al pobre, y
con sencillez devuélvele el saludo." Es decir, si te encuentras con un
hombre o mujer pobre, no porque sea pobre o de una posición inferior a la tuya,
lo vas a tratar mal. Debes tratar esa persona con respeto. Aunque para el mundo
esa persona no valga nada, tú debes tratarla con dulzura y hablarle como si
fueras su sirviente. Y cuando nos referimos al pobre, también nos referimos a
todo aquél que esté "por debajo" de nosotros en la escala de valores del
mundo,
pues a las personas que están "por encima" de nosotros no nos cuesta nada
tratarlas con respeto. Sin embargo lo que las Escrituras nos dicen es que
tenemos que tratar a todos con respeto, con mansedumbre. Que debemos
aproximarnos al prójimo como si fuéramos su sirviente. No importa quien sea y
siempre con preferencia al pobre. Al pobre hay que servirle. La
arrogancia Lo opuesto a esto es la
arrogancia. Y esta
arrogancia se puede expresar de dos formas. Una es cuando uno es desafiante,
hostil e insultante. La otra cuando uno es indiferente. Cuando uno ignora a la
persona a quién debiéramos servir. Ninguna de las dos es la mansedumbre que el
Señor quiere que aprendamos. En Tito 3, 2. nos dice la
Palabra: "Qué no
hablen mal de nadie, que sean pacíficos y bondadosos, y que se muestren humildes
de corazón en su trato con
todos." En el libro de Números 12, 2-9 leemos sobre la
mansedumbre de Moisés. Siendo atacado o criticado por sus hermanos, el calló y
dejó que el Señor se ocupara de la situación. El Señor lo hizo. Y dice la
escritura que Moisés es "el hombre más humilde que se haya visto en el mundo." En 2 Timoteo 24 la Palabra nos dice:
"y a un
siervo de Dios no le conviene altercar, sino ser amable con todos, pronto a
enseñar, sufrido y que corrija con mansedumbre a los adversarios". Supongamos que estamos en una reunión entre
amigos y le decimos a alguno algo sobre la vida cristiana y luego otro se nos
acerca y nos dice: "¿Cristianismo? Eso es una superstición medieval! ¿Cómo
reaccionaríamos? La reacción inmediata usual es de hostilidad y de querer
contestar quizás hiriendo o criticando. Sin embargo, el Señor no enseña como
debemos actuar. Necesitamos decir la verdad. No podemos callar y aceptar lo que
se ha dicho. Tenemos que corregir a la persona, pero con mansedumbre. No como un
enemigo y mucho menos con hostilidad. En Santiago 1, 21. podemos leer: " Por eso,
desechad toda inmundicia y abundancia de mal, y recibid con docilidad la palabra
sembrada en vosotros." Aquí
docilidad o mansedumbre significa capacidad para ser enseñado, capacidad de
recibir algo. Es decir, poder poner a un lado lo demás y recibir lo que el Señor
nos está diciendo para instruirnos y formarnos. La mansedumbre es la capacidad de ser obedientes
como nos decía Filipenses 2, "se humilló y se hizo obediente hasta la muerte
en una cruz." El Señor quiere enseñarnos a ser obedientes a través de la
mansedumbre o docilidad. La mansedumbre y el
discipulado En el pasaje que leímos anteriormente de Mateo
11, 28-30., aquí el Señor toma la posición de Maestro e invita a que se aprenda
de El, o sea, a que seamos sus discípulos. Invita al discipulado.
Si alguien se volvía discípulo tenía que
obedecer y aceptar la autoridad del maestro y ser obediente a él, permitiendo
que ese maestro le diese la formación que el discípulo necesitaba. Y Cristo aquí
esta extendiéndonos esa invitación diciéndonos: "Vengan, entren en esta relación
íntima conmigo." Pero además nos
dice: "porque soy manso y humilde de corazón." O sea, soy un maestro que
es siervo de los demás. Yo soy un maestro que soy un sirviente. Y así lo es. El
Señor es un maestro que nunca deja de mandar, instruir y corregir a sus
discípulos, pero lo hace con humildad y mansedumbre, de la manera que lo haría
un siervo, con respeto y verdadera preocupación por las personas a su cargo. Así
que la mansedumbre o docilidad, aunque es la cualidad propia de una sirviente,
para los cristianos debe ser también una cualidad propia del que ocupa una
posición de autoridad. Es una cualidad que todos debemos tener.
La mansedumbre y el
servicio Veamos que está a la raíz de la virtud de la
mansedumbre o docilidad. ES EL SER
COMO SIERVO. Es decir, ser persona
respetuosa que no reacciona con hostilidad cuando es atacada o se ha abusado de
ella. Es una persona capaz de ser enseñada por otra, capaz de obedecer. Pero
para que sea posible para nosotros ser mansos, algo tiene que cambiar dentro de
nosotros. No es por nuestra naturaleza que queramos ser sirvientes - hay algo en
nosotros que lo rechaza. Y lo que necesitamos para ser mansos, para siquiera
posibilitarlo en nosotros, es quebrantar nuestra propia voluntad. Se habla de
quebrantar, porque es la mejor
manera de describir lo que se requiere. Y no nos referimos a quebrar en el
sentido de romper o aplastar, sino más bien en el sentido de domar o de amansar.
Como cuando se doma a un caballo. Domar a un caballo o a cualquier otro animal,
sabemos que no se trata de romperlo o aplastarlo o que se le va a quitar su
fuerza, reduciéndolo a un estado inservible. Todo lo contrario, lo queremos y
deseamos que sea fuerte y poderoso. Cuando se doma o se amansa a un caballo lo
que se hace es que se le entrena. Es decir que lo llevamos al punto de que puede
obedecernos. Y para esto, su voluntad propia tiene que eliminarse. Y también
tiene que desaparecer su ferocidad, su hostilidad. Pues bien, si nosotros vamos a ser
verdaderamente mansos, dóciles y vamos a tomar la posición de un siervo y actuar
como servidores ante situaciones diversas en la vida, una de las cosas que tiene
que sucedernos es que tiene que quebrantarse nuestra propia voluntad. Tenemos
que estar dispuestos a entregar nuestra propia voluntad en manos del Señor y
dejar que se haga primero su voluntad. Esto quiere decir que en muchas ocasiones
no vamos a poder hacer lo que queremos. Y esto se refiere a cosas grandes y
cosas pequeñas. A algunos de nosotros nos es fácil entregarle al
Señor las cosas grandes para poder hacer los compromisos mayores de nuestras
vidas, sin embargo nos cuesta muchísimo entregarle las cosas pequeñas de todos
los días. Queremos que las cosas se hagan de determinada manera. Por ejemplo,
todos tenemos nuestras preferencias de cómo y que es lo que nos gusta comer. Sin
embargo el gusto nuestro no es el mismo que el de los demás que viven con
nosotros. Y algo tiene que ceder o quebrantarse en nosotros para que podamos
tener una relación de amor con los demás que comparten nuestra mesa y la misma
comida. En algunos hogares esto se resuelve sirviendo lo que le gusta a todos,
pero para nosotros los cristianos resolverlo de esa forma es la manera mas
fácil, pues en realidad lo que hacemos es evitar que tengamos que quebrantar
nuestra propia voluntad para beneficio de los demás y a la larga del mío
propio.
Irritabilidad Cuando mejor se nos revela nuestra propia
voluntad es cuando estamos contrariados. Muchas veces podemos ir suavemente y
sin contrariedades por los caminos de la vida simplemente por que todo nos va
bien y parecemos muy humildes y espirituales, pero de repente alguien nos
critica o alguien nos prohíbe hacer algo que queremos hacer, e inmediatamente lo
que sale a la superficie es irritabilidad y deseos de desquitarnos. Y esto es
señal de que la voluntad propia aún no ha sido quebrantada. Y lo que el Señor
verdaderamente anda buscando es personas capaces de ser obedientes, capaces de
ser enseñadas, capaces de renunciar a sus preferencias y pasar por situaciones
en que las cosas no marchan como ellos quieren y sin embargo, no reaccionar mal
por ello, sino más bien enfrentarse a estas situaciones y ocuparse de ellas en
la forma más eficaz. No se trata de hacernos débiles de carácter o flojos sino
de liberarnos de nuestra voluntad propia para poder actuar rectamente en toda
situación que enfrentamos. La otra cosa que tiene que sucederle a un
caballo para ser domado, es que tiene que desaparecer su ferocidad. Una de las
características de un potro salvaje es que en cuanto algo le sucede, brinca y se
lanza a correr. Es arisco. Puede ponerse furioso y atacar si las cosas no van
como el quiere. Esta agresividad o defensividad en nosotros tiene que
desaparecer para dar lugar a la mansedumbre. El celo y la
agresividad
En Mateo 21, 1-13 podemos leer la entrada del
Señor en Jerusalén montado sobre un burrito. La entrada del Rey humilde. El Rey
que entra no para conquistar la ciudad, armado y con su séquito, sino que entra
a ella con mansedumbre. Una entrada triunfal pero en una forma humilde. Y en los versículos 12 y 13 podemos leer como el
Señor echa afuera a los mercaderes del templo. También en Juan 2, 13-18 leemos
sobre la misma escena y la Palabra nos dice: "el celo de tu casa me devorará". Es decir, primero entra Cristo manso y humilde
en la ciudad y al entrar en el templo ve algo que no anda bien y le pone remedio. Echa afuera a los vendedores y les dice que la Casa de Dios es un lugar
de oración. A esto que acababa de hacer le llamaron celo. Actuó en una forma muy
autoritaria, e incluso,
más adelante, en el versículo 23 le preguntan: "¿Con qué autoridad haces
esto?" ¿Quién te dio esa autoridad? ¿Quién te dijo que podías hacer
semejante cosa en el templo? Y la razón por qué los escribas y fariseos
brincaron de molestia y hostilidad hacia Jesús fue porque lo que hizo el Señor
no les cayó bien, pues el Señor actuó con gran energía y autoridad. Al mismo tiempo que vemos entrar a Jesús
en la ciudad en una forma mansa y humilde, también lo vemos audaz y lleno de
celo en el templo. ¿Qué significa
celo? La mayoría de nosotros
cuando oímos la palabra celo pensamos en el sentido que tiene de "la inquietud
que se siente por perder un cariño" o también en el sentido de tener gran
entusiasmo por algo. Pero la palabra realmente significa algo bastante
diferente. Es el cuidado o esmero que se pone en el cumplimiento de un deber. Es
más bien como en el significado de las palabras diligencia o dedicación en forma
enérgica "El celo de tu casa me
devorará" o "me consume"
no quiere decir "me entusiasma", sino que realmente Cristo estaba dedicado a la
gloria de la casa de su Padre, hasta el punto de ser agresivo y enérgico para
ponerle remedio a la situación o de poder luchar por aquello que tenía que
hacerse. Podemos ver esta clase de actuación enérgica en muchos pasajes de las
Escrituras, como por ejemplo: aquello que dice que "hay que pelear la buena
pelea" o "ser soldados de Cristo" o también "no nos dio a nosotros el Señor un
espíritu de timidez", sino un espíritu que nos permite enfrentarnos con las
cosas en forma enérgica y audaz. Todo esto forma parte de lo que debe ser un
cristiano. Es parte del carácter que el Señor quiere que tengamos.
Todo esto es como la gracia y la
disciplina, que
parecen cosas que no van juntas ya que la gracia se da y la disciplina se impone, pero tienen que ir agarradas de las manos porque si no fuera
así, no
podríamos amar en la forma que el Señor nos lo pide. La mansedumbre y el celo o agresividad parecieran que no pueden estar juntos, pero precisamente deben existir uno al lado del otro porque ambos son características del Señor Jesús. 2
V.J.M.J. Y
Ch.
LA CIZAÑA
En Mat.
13, 24-43 podemos leer: “Jesús
les contó otra parábola: El Reino de Dios es como un hombre que sembró buena
semilla en su campo; pero cuando todos estaban durmiendo, llegó un enemigo que
sembró la mala hierba entre el trigo y se fue. Cuando el trigo creció y se formó
la espiga, apareció también la mala hierba. Entonces los trabajadores fueron a
decirle al dueño: ‘Señor, si la semilla que sembró usted en el campo era
buena,
¿de dónde ha salido la mala hierba?’ El dueño les dijo: ‘Algún enemigo ha hecho
esto’. Los trabajadores le preguntaron: ‘Quiere usted que vayamos a arrancar la
mala hierba? Pero El les dijo: ‘No, porque al arrancar la mala hierba pueden
arrancar también el trigo. Lo mejor es dejarlos crecer juntos hasta la cosecha;
entonces mandaré a los que han de recogerla que aparten primero la mala hierba y
la aten en manojos para quemarla y que después guarden el trigo en mi
granero”.
Como
decíamos al reflexionar sobre la Parábola del Sembrador, el mundo es el campo
donde el Señor siembra continuamente la semilla de su Gracia, semilla divina que
al sembrarse en las almas produce frutos de santidad. ¡Qué grande es el Señor!
¡Con cuánto amor nos da su Gracia! Para El, cada uno de nosotros es único y para
redimirnos y salvarnos no vaciló en tomar asumir humanidad para luego ofrecerse
como sacrificio agradable a los ojos del Padre y entregar su vida en la cruz.
¡Cordero de Dios que
quitas los pecados del mundo! Jesús
nos preparó como tierra buena y nos dejo sus enseñanzas, su doctrina salvadora.
“Pero cuando todos estaban durmiendo, llegó un enemigo que sembró la mala
hierba entre el trigo y se fue”.
La mala
hierba (en otras traducciones le llaman la cizaña) es una planta que se da
generalmente en medio de los cereales y crece al mismo tiempo y en medio de
ellos. Es tan parecida al trigo que antes que se forme en espigas es muy difícil
distinguirla, aún por el ojo experto del campesino. Más tarde se puede ver la
diferencia ya que la espiga de la cizaña es más delgada y su fruto más
pequeño.
También se distingue sobre todo porque no solo es estéril sino que cuando se mezcla con la harina buena, contamina
el pan y es perjudicial para el hombre.
También
es bueno observar que sembrar la mala hierba entre el trigo era muchas veces
casos de venganza personal que se daba muy a menudo en el Oriente en esos
tiempos. Las plagas de cizaña eran muy temidas por los campesinos pues podían
llegar a perder toda la cosecha.
Los
Santos Padres de la Iglesia siempre vieron en la cizaña la representación de la
siembra del error y la herejía en las almas de los creyentes; una imagen de la
mala doctrina que sobre todo al principio se puede confundir con la verdad
misma. Pues, como decía San Juan Crisóstomo, “es propio del Demonio mezclar el
error con la verdad”.
Esta
parábola, hermanos, no ha perdido en nada su actualidad, pues muchos cristianos
se han dormido y han permitido al enemigo sembrar el error en nuestras
comunidades en la más completa impunidad. Hoy en día, como en tiempos antiguos,
han surgido y siguen surgiendo errores sobre casi todas las verdades de la fe y
de la moral. Una de las cosas que más ha contribuido a la siembra de la mala
semilla en nuestra sociedad son los medios de comunicación. ¡Cuántas
publicaciones en periódicos y revistas, cuántos programas radiales y de
televisión quebrantan la fibra de la moral cristiana en nuestra comunidad!
Es
necesario que estemos alerta de día y de noche y no nos dejemos sorprender por
las sutilezas del Demonio que muchas veces se presenta como un ángel de luz para
engañarnos con medias verdades. No podemos dar cabida al error pues poco a poco
nos alejaremos de Jesús que es Camino, Verdad y Vida.
Muchos
estragos a han producido el error y la ignorancia. En el Antiguo Testamento el
profeta Oseas mirando a su pueblo y viendo su infelicidad nos dice en el
capítulo 6, versículo 4: “Mi pueblo no tiene conocimiento, por eso ha sido
destruido”. Hermanos, ¡A cuántos vemos desconsolados, tristes y
desconsolados por no conocer la Verdad de Dios! Como decía el Señor: “el
conocimiento de la verdad te hará libre”.
El
Demonio, enemigo de Dios, sigue utilizando todos los medios humanos para
arrebatarle a Dios nuestras almas. Así vemos como se desfiguran las noticias,
como se silencian otras, como se propagan los valores, ideas y comportamientos
que destruyen primero la amistad y más tarde la familia. Como se ridiculiza la
fidelidad. Como se ataca a todo que trate de sembrar honor, pudor o vergüenza.
Como se ridiculiza la castidad y el celibato. Como se propugnan el aborto y la
eutanasia, o se siembra la desconfianza ante los sacramentos, especialmente el
matrimonio, la vida consagrada, la confesión y la Eucaristía. Cuantas cosas
paganas se escuchan sobre la vida, como si Cristo no hubiese venido a redimirnos
y a revelar la Gloria del Padre que nos espera con sus brazos abiertos en el
cielo. Hermanos, el enemigo no descansa.
Nosotros, hermanos, no podemos quedarnos quietos con los brazos
cruzados,
como si el daño fuera irreparable y nada tuviera remedio. A la historia podemos
darle un mundo distinto porque no esta predeterminada al mal y Dios nos ha dado
la libertad para que sepamos conducirla hacia El. Esta es la tarea de cada uno
de nosotros cristianos. Estemos donde estemos nos toca sacar a los hombres de
sus errores y de su ignorancia. Aunque hay profesiones que pueden tener mayor
influencia en la vida pública, todos podemos y debemos sembrar la semilla de la
Palabra de Dios. Y esto lo podemos
hacer con simpatía, con amabilidad, con oportunidad, en nuestra propia familia,
entre los compañeros de trabajo o de estudios, en el ambiente en que nos
movemos. Tenemos que hacerlo con valentía mostrando la belleza de la verdad;
desenmascarando el error.
Debemos
sacar el máximo provecho a las tantas oportunidades que se nos presentan en la
vida todos los días para sembrar la buena semilla de Cristo Nuestro Señor.
Cuántas veces he tenido la oportunidad de hacerlo y lo he hecho durante viajes
en los Estados Unidos y al extranjero. Cuantas veces se nos presenta la
oportunidad al conversar con los vecinos. Con motivo de las elecciones, siempre
hemos conversado sobre el deber que tenemos como católicos de votar por los
candidatos que están a favor de la vida. Algunos me decían que eso solo no
podría ser la razón para el voto, y yo les decía que aquél que esté a favor de
la vida es muy difícil que esté a favor de políticas que puedan hacernos
daño,
pues los valores morales están intrínsicamente presente en estas personas. Luego
procedí a hablarles sobre la vida como un don de
Dios.
La
abundancia de la cizaña sólo puede contrarrestarse con la sobreabundancia de la
buena doctrina. ¿Recuerdan? “Donde abunda el pecado sobreabunda la Gracia de
Dios”.
No
podemos quedarnos inmóviles lamentándonos de cómo están las cosas, de los
errores tan grandes que se difunden, del control que tiene el mal sobre los
medios de comunicación social. No podemos quedarnos con los brazos cruzados ante
los ataques a la Iglesia, aún cuando oímos o escuchamos del mal ejemplo de
algunos. Recuerden que la Iglesia está formada por hombres y mujeres, seres
humanos y no ángeles del cielo. La
Iglesia es divina y humana; divina porque la cabeza de ella es Nuestro Señor
Jesucristo, y humana por que los miembros de ese cuerpo somos nosotros,
pecadores.
A la
Iglesia se le quiere situar fuera de la vida pública, y sobre todo se le quiere
impedir que intervenga en la educación, en la cultura y en la vida familiar.
Hermanos, tenemos que seguir luchando en contra de aquellos que desconociendo el
amor y la misericordia de Dios, quieren quitar a Dios del centro de nuestras
vidas utilizando el pretexto de la separación entre la Iglesia y el Estado. Como
decía el Señor, “darle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Esta fue precisamente lo que tenían en mente los grandes patriotas de esta
nación cuando firmaron la Constitución de este gran país en que vivimos.
Tenemos
que dar a conocer a Jesucristo. Preguntémonos hoy, ¿qué puedo hacer yo – en mi
familia, en mi trabajo, en la escuela, en la universidad, en el club social o en
el equipo deportivo a que pertenezco, entre mis vecinos... para que el Señor
esté presente con su Gracia y su doctrina entre esas personas?
Pidámosle al Señor que nos dé la Gracia para
hacerlo; que nos dé el don
de la evangelización y podamos demostrar con nuestra vida, con nuestro ejemplo
que Jesucristo es el único que puede traer felicidad y alegría al mundo.
¡Cristo y yo, mayoría aplastante! |
||
|
|
||